El escritor argentino Alejandro Seta entrevistó al poeta Leandro Alva, del conurbano bonaerense y nos comparte el encuentro en este texto confeccionado con la más alta delicia literaria.
Alejandro Seta
“Dar puntada sin hilo se asemeja al camello que atraviesa el ojo”
El maxilar de Gardel
Si tuviera que comparar a Leandro Alva a un animal, él sería un oso al revés, porque hiberna en verano. Un hibernaje extraño porque eso no lo hace quedarse quieto. El día de la entrevista me dijo que había padecido salir a la calle y volver calcinado, por lo que, en el camino, se había hecho cortar el pelo a cero. Y porque no soporta el calor, lleva puesta, casi constantemente, una gorra. Aunque también la usa en invierno. Usa lentes con extremado aumento y porta una tranquilidad y paciencia por lo que él pide lo mismo para los demás, con un “gracias” o un “disculpá” cuando llega tarde, solo unos minutos, “porque vine en colectivo”.
Leandro Alva nació en Temperley, vive en Temperley (en la misma casa donde nació y que ya era de sus abuelos), cerca de la cancha del Club Temperley, y es hincha del equipo del mismo nombre que “más que feliz me hace desgraciado”, palabras que aluden a que últimamente el equipo no gana ningún partido. Sin embargo, es fiel a esa identidad de la que ya hablaremos y sigue yendo a la cancha “porque el club es parte de ella”.
No crean que por tener el porte de un oso no deja de moverse en pos de la poesía, ni se priva de haber creado y dirige un programa de radio, todos los viernes, que se llama “Dame una mano, Cervantes” y que con ese mismo humor del título intercala sus entrevistas o sus charlas con una risita benévola, encontrando aquí y allá rasgos de las tragedias cotidianas y recordando que los mismos surrealistas consideraban el sarcasmo o la risa como una forma más de la poesía, porque no es más que el encuentro de una cosa con otra en un lugar equivocado.
Como ese poema “Gardel tuyú” donde cuenta que un vecino tiene un chicle histórico guardado en una cajita y que dice que fue masticado por Gardel y que si acercás un poco el oído podés escucharlo cantar al Zorzal Criollo. Este poema forma parte de su libro “El maxilar de Gardel”.
El programa de radio pertenece a Cultura de Lomas de Zamora, cerca de su casa, a un tiro de colectivo, y cada vez lo comienza con la lectura de uno de sus poetas preferidos. La última vez que estuve allí, leyó uno de la gran poeta argentina Diana Bellesi.
Para empezar a hablar de lo que más nos gusta, comienzo acerca de la importancia de la vida de los artistas a la hora de leer sus obras. Piensa un rato, es como si todo lo que va a decir implicara un “para mí”.
Soy bastante partidario de separar al artista de su obra, porque hay artistas de los que jamás hubiera pensado que eran capaces de atrocidades, autores tan sublimes como Luis Ferdinand Celin o Ezra Pound, pero que colaboraron con los nazis. No sé si es tan importante. Borges alabó la asunción de la Junta Militar asesina en Argentina, pero finalmente, al concurrir al juicio durante la democracia, y enterarse de los secuestros y torturas, pidió disculpas y nos dejó una obra monumental.
Los artistas, su obra, sus creencias
Luego le pregunto acerca de sus creencias. Hacía poco visité una biblioteca de Banfield (Banfield, Lomas de Zamora y Temperley son tres de las grandes ciudades que se van sucediendo sin interrupciones a lo largo del conurbano) donde coordina uno de sus talleres de literatura y escritura. En la mesa había un mantel que tenía grabados un pan y un racimo de uvas. Me dijo que no sabía por qué. Le dije: “Es de una iglesia católica. Representan la sangre y el cuerpo de la comunión en el rito de la misa.”. Y fue allí que me contó su paso por el catolicismo.
Yo creo que lo mejor que me dejó la iglesia católica fue más bien ir a jugar al fútbol que escuchar al cura, pero lo que sí aprendí fue una guía moral muy poderosa, más que nada el mensaje de Jesús. A mi no me importa mucho quién fue, me interesa el mensaje, que nos enseña a ser mejores entre nosotros, y ser mejores. Una guía necesaria más que nada en estos días, donde hay una avidez por lo material que enceguece: cómo hacer plata rápido, si comprás las criptomonedas vas a ser millonario en un mes. El mensaje de humildad que se encuentra en las enseñanzas de Jesús nos devuelve un poco a la tierra. Hay gente poderosa y con plata que es humilde, gente que uno no pensaba que podía ser millonaria. Gente de todas las clases que son humildes: lo importante es no creérsela, no mirar por sobre el hombro a nadie. No me gusta la palabra empatía, mejor digo ponerse en el lugar del otro. Mirar al otro en un momento de desgracia es el antónimo de la soberbia.
Muchas veces la gente más soberbia nos habla de empatía, por eso no me gusta mucho. Si tenés que hablar es porque no la estás practicando. En el barrio se dice: “jugar de callado” y aún sin que ni siquiera sepa la persona a la que vos ayudaste. No hace falta hacer bandera. Respecto a la identidad de Jesús no es algo en lo que no me detengo mucho, me considero un agnóstico que cree en su mensaje: esa sería una definición más cercana. No soy de pensar en su naturaleza divina, pero tengo más dudas que certezas al respecto: creo que fue un hombre despierto, iluminado, como cada uno lo quiera llamar, que se dedicó a transmitir un mensaje de espléndidas metáforas, como decía Borges, del cual podemos aprender un montón, incluso hoy en día, después de dos mil años, podemos aprender muchísimo, sin tener que ir a misa, porque está todo en los Evangelios.
La posteridad y la suerte de lo que uno escribe
Yo no estoy muy seguro de que pretenda ser reconocido a lo largo del tiempo. Pensándolo bien creo que a mí me gusta escribir, a veces lo disfruto, a veces lo sufro, a veces lo vivo como un desahogo y me gusta cuando alguien lee algo y me dice que se conmovió leyéndolo, sobre todo cuando no es pariente ni amigo, porque no hay ningún interés previo, ningún cariño, sino cuando viene una persona que no me conoce, eso es algo muy placentero, con eso me doy por muy bien pagado. En cuanto a la posteridad, me parece presuntuoso decir que a mí me interesa perdurar en el tiempo. Qué se yo. Tal vez puede servir lo siguiente: que dentro de cien años o más algún pariente lejano descubra uno de mis libros en algún rincón de mi casa y lo lea y le guste; también me doy por hecho con eso. No lo voy a saber, pero de alguna manera pensando que podría suceder ya me voy a sentir muy reconfortado. En cuanto a esto, me gustaría que sucediera; pero como yo no voy a estar en este plano, no voy a saber si un hipotético pariente lejano me lee en un futuro improbable.
Lo importante es que nos lean ahora.
Praga
Yo fui por primera vez en junio del 2001. La verdad que no sé por qué fui de vacaciones a Praga. Yo trabajaba en el aeropuerto y quedaban unos pasajes que me habían quedado y no sabía a dónde ir y como tenía pasajes prácticamente gratis por trabajar en una aerolínea me fui a Praga. Yo estaba muy metido en ese tiempo con la obra de Kafka, todavía lo estoy, es uno de mis escritores favoritos y quería transitar las calles que él había transitado y conocer los lugares que él había frecuentado. De hecho fue una de las cosas que hice: estuve en el lugar que había sido su casa porque ahora hay otra edificación en otro lugar, donde había nacido, después hay otra casa muy chiquitita dentro del castillo de Praga, en una calle que se llama Calle de los Alquimistas, el número 22. Fue una casa donde él vivió un tiempo; también estuve en la casa de la aseguradora donde él trabajaba. También visité su tumba. Así que podría decir que Kafka fue una de las razones más poderosas que me empujaron a hacer ese viaje. Me acuerdo que llegué esa noche y no sabía ni una palabra de checo, y no tenía reserva de hotel. Por suerte, un señor que estaba ahí en el aeropuerto se dio cuenta de que estaba despistado y como él hablaba inglés se acercó a charlar conmigo y me recomendó un hostal que no estaba muy cerca del centro así que tuve que tomar un colectivo, un subte y un tranvía. Cuando salí del subte para tomar el tranvía me encontré de golpe con una ciudad muy majestuosa, una arquitectura bastante ecléctica, aunque todavía hay edificios medievales que se conservan muy bien porque durante la Segunda Guerra Mundial casi no fue bombardeada: me subí al tranvía y me iba impactando cada vez más con las cosas que veía, aunque iba saliendo ya de la zona céntrica. La sentí muy cercana, una sensación rara, como si ya la conociera, como te pasa con algunas personas que uno conoce y parece que uno la conociera de antes ¿no? Ahí pasé…no me acuerdo, la verdad, cuántos días estuve, ocho o nueve días, y me la pasé caminando, recorrí todo este circuito kafkiano que te decía y me enteré muchas otras cosas que no conocía tanto. Por supuesto que hay huellas de otras personalidades en Praga, también es la ciudad preferida de Mozart donde estrenó la ópera Don Giovanni y él solía ir mucho a una casa que ahora es un museo, donde se quedaba, y otras personalidades de la época. Me quedé muy impactado con la ciudad y cuando volví me puse en contacto con gente de la comunidad checa en Argentina y me empezaron a invitar a las fiestas que organizaban todos los años. Y en un momento me avisaron que iban a empezar a dar un seminario de idioma checo en la embajada ¡y era gratis! Y yo empecé a ir. Y al año siguiente, cuando me enteré que había una beca para estudiar en Praga, me fui a inscribir al Palacio Pizzurno. Me inscribí y resulta que me la dieron, ¡una sola beca para un argentino! y después terminé yendo cinco años seguidos. Iba allá y me quedaba más o menos dos meses haciendo el curso de filología, el estudio del lenguaje checo y también historia de la República Checa. Así que le empecé a agarrar cada vez más cariño a una ciudad que ya de por sí me había impresionado mucho. También descubrí otros escritores checos: uno que vengo leyendo hace mucho, incluso antes de ir a Praga, que se llama Bohumil Hrabal: estuve en el pueblo donde él había nacido, un pueblo muy pequeño; también a Kundera, que ya lo conocía. Encontré un par de poetas que me interesaron muchisimo, Vladimir Holan, Jaroslav Seiferte, que es el más conocido porque ganó el Nobel, y después otro que se llama Viteslav Nezval. Y Karen Chapec, un escritor de ciencia ficción muy bueno. De a poco empecé a conseguir las traducciones que había a mano y a leer todo lo que podía. Con algunos poetas me animé a leer algunas ediciones en checo porque después de tantos años algo había empezado a aprender. Hoy en día me cuesta mucho hablar, pero cuando miro el diario en internet entiendo bastante de las noticias. Y digo en un poema que es la ciudad más linda del mundo, bueno: entiendo que eso es muy subjetivo porque lo es para mí. Si yo tuviera que diseñar una ciudad se parecería muchísimo a Praga. Y que coincide con algún estado de ánimo o paisaje interior mío; por eso la senti tan cerca.
En Praga tuve una novia húngara y sucedía algo interesante: yo no sabía nada de húngaro, ella nada de español. Ninguno de los dos sabíamos checo muy bien, más mal que bien; ella, ruso también; yo inglés, además de castellano. Con ese poco, lo más importante eran los gestos, la música, las miradas, los otros lenguajes; lo que indica que la literatura, a la que tanto amamos, es parte de un todo que incluye otros lenguajes que no posee.
Un día me ofrecieron trabajar en el aeropuerto checo y era mi oportunidad de quedarme. Lo pensé, pero decidí volver, me tiraba la patria chica: mi vieja, la casa, el barrio, el club, la gente.
Yo le agradezco mucho a mi viejo que me haya enseñado tanto del tango tal vez solo con gestos: en la radio se escuchaba tango todo el día y él me decía: “Escuchá esto”. Y así me enamoré de la poesía. Por eso uso tanto el lunfardo en mis poemas: balurdo, piringundín, bondi.
FENYVESMADÁR *
En la Universidad Carolina de Praga conocí
a una bella muchacha húngara
que no se llamaba Carolina.
Era difícil comunicarnos.
Además de húngaro
ella hablaba ruso
además de castellano
yo hablaba inglés.
Entonces trabajaban
las miradas los guiños el soslayo
y un poquito de checo
que habíamos aprendido ahí
sazonado
con palabras sueltas
en un dialecto exclusivo
que como aquel tigre del poema
estaba hecho para el amor.
Era difícil comunicarnos
lo dije antes
pero un día le hice escuchar
a Gardel y en ese preciso momento
me dio un beso largo y tendido
sonrió con toda la infancia
encima
como si finalmente aquella voz
valiera más que el primer paso de Armstrong sobre la luna
o una foto de los pechos de Safo.
Ahí nomás
le enseñé la palabra zorzal
y ella la tradujo al húngaro
pero justo pasó un tranvía y no escuché nada
le dije
que la había escuchado
que sonaba hermosa
tan hermosa como ella misma
como las manos de Liszt
como el barro del Río de la Plata.
(* Inédito. Todos los derechos reservados.)
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