Entre el Drácula de Coppola y el Frankenstein de Guillermo del Toro, el cine y la literatura han hecho del horror algo adorable y romántico.
Israfil Al-Rahm
Hace unos años, y varios meses antes de que nuestra más pequeña hija entrara al preescolar, vi en una tienda una pequeña mochila que tenía la figura de un simpático “monstruo”: la tela rosa de la mochila era el lienzo de la cara en la que estaban dos ojos de tamaño desigual, una boca abierta en redondo que descubría una hilera de grandes dientes triangulares y la lengua saliente. Era como cualquier gesto gracioso de cualquier niño cuando se burla de alguien, salvo por dos protuberancias puntiagudas, formadas por sendos conos pequeños de un color distinto, que jugaban el rol de cuernos.
¿Qué significado tiene un monstruo que no es monstruo? El propósito del horror es delimitar la frontera de lo humano.
Drácula: el monstruo convertido en amante
Un año después de El silencio de los inocentes, al rodar la adaptación legendaria de Drácula, dirigida y producida por Francis Ford Coppola, Anthony Hopkins, que encarnó al Dr. Hannibal Lecter, reconoció en el conde transilvano los rasgos del monstruo que había interpretado el año anterior. Hopkins incluso confesó que había usado la aterradora caracterización de Drácula que conocía desde su juventud para imprimir a Lecter mayor poderío histriónico.
Pero Coppola ya tenía otros planes para el conde, esta vez encarnado por un Gary Oldman en la plenitud de sus alcances, y además, en una guerra jurada contra Abraham van Helsing, el personaje de Hopkins: el horripilante monstruo, que tantos crímenes y tanta calamidad ha causado, tiene un final que raya en lo rosa. Ya casada con Jonathan Harker, Mina se nos muestra más enamorada del conde que de su propio marido. Abandonando su matrimonio, entra con el conde moribundo al castillo para confesarle su amor, llorar con él y por él, y así redimirlo en cuerpo y alma.

Cierto, la sorpresa es limitada, toda vez que ya desde el proemio de la película se nos presentan personajes y situaciones que no vienen en el libro de Bram Stoker: Elisabeta es el interés amoroso de un héroe de cruzadas y, como su muerte derrumba todo lo que él espera de la vida, abjura de su religión y se condena a una eternidad como monstruo. Un efímero vistazo al retrato de Mina entre los efectos personales de Jonathan es todo lo que el conde necesitaba para reemprender su búsqueda del amor, por el extraordinario parecido de ambas mujeres.
Y así vemos al conde, quizás el Drácula con el diseño de personaje más espectacular y convincente de todos, motivado por la simple atracción de una mujer que se parece a la que pudo tener hace siglos. ¿En serio? ¿De eso se trata todo? No me malinterpreten. He visto esa película unas 30 veces y la vería otras cien, pero con toda sinceridad, no sé si lo hago más por mi afición a la novela original o por la caricaturización erótica que hace de Lucy y sus pretendientes (que no viene en la novela) o porque no me canso de ver a Winona Ryder en pantalla. Lo que es innegable es que, más allá de su carácter de culto, el Drácula de Coppola no es en realidad el monstruo del que se lee en el texto de Bram Stoker; es un amante gótico condenado, y su atenuante es el amor.
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Frankenstein, Del Toro y la Fascinación Peligrosa
Esta tendencia a dotar al monstruo de una causa noble, un trauma redentor o una motivación romántica, ha sido el principal motor de la «suavización» cultural. Pero ¿qué perdemos cuando el monstruo deja de ser pura amenaza?
La escritora argentina Mariana Enríquez, una de las voces más autorizadas en la literatura de horror contemporánea, puso el dedo en la llaga al criticar la próxima versión de Frankenstein dirigida por Guillermo del Toro. La crítica de Enríquez apuntaba a que Del Toro, en su conocida y celebrada fascinación por lo monstruoso, parece haber olvidado una verdad crucial: los monstruos son, ante todo, horribles y amenazantes.
Enríquez sugirió que Del Toro está demasiado enamorado de sus criaturas como para presentarlas en su genuina crueldad, fealdad y horror. Esta fascinación corre el riesgo de convertir el horror existencial en un mero diseño de personaje entrañable. El Monstruo de Frankenstein, en la novela de Mary Shelley, es aterrador no solo por su aspecto, sino por su rechazo absoluto a la humanidad y su capacidad para la destrucción fría y reflexiva; no es solo un otro incomprendido.
La mirada de Del Toro, y la de Coppola antes que él, responde a una necesidad moderna de empatía narrativa. Queremos que la maldad tenga una explicación; que el horror tenga una justificación romántica o un trauma de infancia. No soportamos la idea de que algo sea intrínsecamente malo o aterrador simplemente porque sí.
El riesgo de mirar en un abismo domado
La «mochila de monstruo» adorable de mi hija, los entrañables trabajadores de Monsters, Inc., el Drácula redimido por Mina, todos nos llevan a la misma pregunta: ¿Qué significado tiene un monstruo que no es monstruo?
“Del Toro parece estar demasiado fascinado con ellos como para mostrarlos en su crueldad, fealdad y horror.”
Mariana Enríquez
El propósito fundamental de la figura del monstruo en la literatura, desde la Grecia antigua hasta Lovecraft, es delimitar la frontera de lo humano, lo aceptable y lo conocido. El monstruo existe en el margen para encarnar el caos, el mal sin razón y la amenaza inminente que desafía el orden social.
Al dulcificar a Drácula con el amor eterno, o al convertir a la Criatura de Frankenstein en una víctima incomprendida de la sociedad, eliminamos su poder transgresor. Los convertimos en personajes de drama psicológico en lugar de fuerzas primigenias del terror.
La crítica de Mariana Enríquez es vital en este sentido: al suavizar al monstruo, no solo perdemos horror, sino que perdemos la capacidad de nombrar y enfrentar lo verdaderamente aterrador. Si los monstruos tienen sentimientos tan humanos como el amor o la soledad, entonces la frontera entre nosotros y ellos se desdibuja por completo. La cultura pop prefiere la comodidad del monstruo adorable y domesticado porque nos permite mirar al abismo sin que el abismo nos devuelva una mirada que sea, genuinamente, horrible. Y eso, para el arte, es una pérdida monumental.
¿Crees que el monstruo debe ser siempre aterrador o prefieres la versión romántica y redimida? Cuéntanos en los comentarios.
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