Geometría del deseo, el ritual del Homo Ludens y la fonética de la seducción en el pop contemporáneo, todo concurre en “Apt.”, aun sin pedir permiso para el goce.
Ximena Ricco
Sucede a menudo con los artefactos de la cultura de masas: su brillo es tan ensordecedor que nos impide ver su peso. Hace apenas unas semanas, «Apt.», la colaboración entre Rosé y Bruno Mars, parecía un ruido blanco que lo llenaba todo, una coreografía viral que se agotaba en su propia ubicuidad.
Sin embargo, ha sido ahora, cuando la efervescencia parece haber cedido ante el desgaste veloz de nuestros tiempos, que me he descubierto a mí misma escuchándola con una intención casi clandestina. En la quietud de mi espacio personal, libre de la marea del hype, la canción me asaltó de una manera distinta. Sentí, para mi sorpresa, un sonrojo incipiente; un impulso erótico, básico pero innegable, que me «movió» a la acción con la fuerza de lo primario. Fue ese pequeño sismo privado, esa inquietud en el cuerpo, lo que me obligó a desarticular la pieza: ¿por qué este mecanismo pop, en apariencia inofensivo, funciona como una arquitectura tan precisa para el deseo?
El pulso de las cuatro paredes
Bajo su estética de garaje y su barniz de bubblegum pop, subyace una gramática de la urgencia que se siente, en el sentido más visceral de la palabra, sexosa. No es una sensualidad de alcoba y terciopelo, sino una de staccato y fricción; una donde la repetición del vocablo coreano ap-pya-teu deja de ser un juego de beber para convertirse en un mantra onomatopéyico que imita el pulso acelerado. En este «apartamento» sónico, el juego del Homo Ludens es, en realidad, la elegante y sudorosa antesala de una rendición absoluta.
La fonética del ritmo: el staccato como latido
La sensualidad de «Apt.» no reside en la lírica melosa ni en la sugerencia poética; su erotismo es, ante todo, una cuestión de ingeniería fonética. Si el romance tradicional se sirve del legato —esa continuidad fluida y elegante de las notas que se deslizan una tras otra—, el deseo aquí se construye mediante el staccato. La repetición del vocablo ap-pya-teu funciona como una percusión seca, una serie de ataques sonoros que imitan la urgencia de lo que no puede esperar.
Hay una economía del lenguaje en esas sílabas que golpean el paladar: la «p» y la «t» son consonantes oclusivas, pequeñas explosiones de aire que requieren una tensión muscular mínima pero precisa. Al repetirlas en un bucle hipnótico, la canción deja de ser una melodía para convertirse en un mantra fisiológico. Escucharlas es asistir a la recreación sonora de una taquicardia o de un jadeo rítmico. Es el sonido de un pulso que se acelera en la proximidad del otro.
En este sentido, la canción no nos habla de un sentimiento, sino que nos impone un ritmo cardíaco. Lo «sexoso» aquí es esa fricción mecánica: una tensión que se acumula en cada golpe de voz y que busca, desesperadamente, una resolución en el cuerpo de quien escucha.
La voz liminal: entre el murmullo y la infancia
Si analizamos la ejecución vocal del mantra, notamos que Rosé y las voces que la acompañan renuncian a la exhibición melódica tradicional. No hay aquí un despliegue de virtuosismo ni de bel canto; lo que hay es una decisión estética de mantenerse en una tesitura casi grave, rozando un registro hablado que se siente peligrosamente cerca del oído. Es una vocalidad liminal: no se canta, se enuncia con una sequedad que paradójicamente resulta húmeda.
Pero hay un elemento más inquietante y poderoso bajo esa superficie. Las inflexiones empleadas —esos matices que evocan el aegyo coreano o la dulzura servil de la juventud extrema— bordean lo que podríamos llamar una «estética de la inmadurez». Es un tono que juguetea con lo infantil, con esa picardía incipiente que parece no medir las consecuencias de sus actos. La crítica suele pasar de largo ante este aspecto, quizás por el temor contemporáneo de señalar cómo lo «pueril» ha sido históricamente un combustible para el deseo. Sin embargo, en «APT.», esta actitud verbal es precisamente la chispa en un camino regado de pólvora.
Lo ‘sexoso’ aquí es esa fricción mecánica: una tensión que se acumula en cada golpe de voz. Es el contraste entre la ‘niña que juega’ y la ‘mujer que sabe exactamente qué está provocando’.
Esa forma de pronunciar, que recuerda a una invitación traviesa pero sumisa (un eco de la dinámica unnie-dongsaeng llevada al paroxismo), no es una señal de debilidad, sino una herramienta de captura. Al habitar ese registro juvenil y juguetón, la intérprete desactiva las defensas del oyente. Nos desarma con una falsa inocencia para luego, a través del ritmo, arrastrarnos a una acción erótica que ya no tiene nada de infantil. Es el contraste entre la «niña que juega» y la «mujer que sabe exactamente qué está provocando» lo que genera esa fricción eléctrica, dotando a la canción de una carga de profundidad que un tono puramente «adulto» y grave jamás lograría alcanzar.
Homo Ludens: El juego como coreografía del asedio
Para entender el magnetismo de «Apt.», es imperativo rescatar la tesis de Johan Huizinga: el juego no es una actividad secundaria, sino el fundamento mismo sobre el cual se construye la cultura. En este escenario, el «juego del apartamento» (un ritual de beber coreano basado en la acumulación de manos y el azar de los números) actúa como el círculo sagrado del Homo Ludens. Sin embargo, en la narrativa de la canción, este espacio lúdico no es inocente; es una estructura de ingeniería social diseñada para la proximidad.
El juego impone reglas, pero son reglas que exigen el cuerpo. Para jugar, hay que acortar las distancias, observar las manos del otro, medir sus reflejos y, eventualmente, celebrar el error. Aquí, lo sexoso surge de la tensión del riesgo. En la dinámica del juego de beber, perder es, en realidad, una forma de ganar acceso al otro: el castigo (beber) es la excusa perfecta para bajar la guardia. La canción captura ese momento exacto en el que el juego deja de ser una competencia para convertirse en un pretexto.
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Es en esta frontera donde el «apartamento» adquiere su doble significado. Por un lado, es la torre física de manos entrelazadas durante el juego; por el otro, es el destino final de la noche. El tránsito que propone la música va del espacio público del juego (el estrépito, la risa, el grupo) al espacio privado del deseo (las cuatro paredes, la quietud, el encuentro). La genialidad del tema radica en que no separa estas dos instancias: nos hace sentir que el juego mismo ya es el acto erótico. La risa compartida por un fallo en el ritmo es, en este contexto, tan íntima como un susurro al oído.
Al final, como bien sugería Huizinga, el hombre que juega es un hombre que se descubre, y en «Apt.», lo que se descubre es una urgencia que ya no necesita del azar para manifestarse.
Dialéctica de las voces: La fricción entre el hielo y el fuego
Si el ritmo es el motor de «Apt.», la amalgama de sus voces es la temperatura que lo hace habitable. En este dueto, asistimos a una dialéctica de texturas que opera bajo la lógica de la fricción térmica. Por un lado tenemos a Rosé, la encarnación de la estética cool del K-pop: su voz es de una pulcritud casi gélida, una porcelana sónica tallada con la precisión del neón. Rosé no canta desde la víscera, sino desde un minimalismo sofisticado que se siente aséptico y, por ello mismo, extrañamente fascinante. Es el «hielo» que impone la distancia.
En el extremo opuesto aparece Bruno Mars, aportando el grit, esa aspereza orgánica heredada del soul y el funk más sudoroso. Su voz llega cargada de grano, de esa textura de vinilo polvoriento y piel que ha conocido la noche. Bruno es el «fuego», la imperfección necesaria que humaniza la estructura.
La carga erótica de la canción no reside en la armonía perfecta entre ambos, sino en su incompatibilidad aparente. Es el encuentro entre el laboratorio de alta tecnología y el club de sótano. Cuando la voz de Rosé, con su cadencia juvenil y controlada, se roza con los rugidos melódicos de Mars, se produce una descarga eléctrica. Esa colisión de temperaturas es lo que percibimos como «sexoso»: es el contraste entre la sábana de hilo frío y el calor de la piel que acaba de entrar en ella. La canción nos recuerda que la seducción más potente no ocurre en la similitud, sino en la diferencia táctil de quienes deciden, por fin, ocupar el mismo espacio.
El punk de los 80 y el vitalismo del desenfado
El último ingrediente de esta pócima es su árbol genealógico. La canción no nace del vacío; bebe directamente de esa estética de «porrista rebelde» y pop-rock de garaje que popularizaron figuras como Toni Basil o, más recientemente, The Ting Tings. Es un sonido que privilegia la actitud sobre la perfección, el grito sobre el susurro. Hay algo intrínsecamente erótico en esa nostalgia de lo crudo: el sonido de una batería que parece retumbar en un sótano y esos coros que se lanzan como desafíos escolares.
Esta «rebeldía sensual» es lo que termina de encender la mecha. No es la sensualidad calculada de una femme fatale de cine negro, sino la energía desbordante de quien se sabe joven, libre y un tanto imprudente. Es una invitación que no pide permiso, que se impone a través de un ritmo que es, en esencia, un pulso de vida. Al adoptar este ropaje de los 80, la canción se despoja de la frialdad del algoritmo contemporáneo y recupera un vitalismo táctil. Nos recuerda que, antes de que el deseo se volviera una transacción digital, era algo que ocurría entre paredes de ladrillo, con el sudor del baile y la urgencia de una guitarra eléctrica.
Coda: El regreso al refugio
Al final, mi sonrojo inicial —ese que me asaltó en la soledad de mi estudio— no era más que la respuesta lógica ante una pieza que, con una inteligencia técnica impecable, ha sabido cartografiar nuestras zonas más instintivas. «Apt.» funciona porque logra lo que muy pocas piezas de la cultura pop consiguen hoy en día: recordarnos que el lenguaje, el juego y la música son solo máscaras que usamos para aproximarnos al otro.
En un mundo saturado de imágenes explícitas que paradójicamente no logran conmovernos, Rosé y Bruno Mars han construido un apartamento de cuatro minutos donde lo «sexoso» no se ve, sino que se siente en la fricción de una sílaba y en el azar de un juego de manos. He dejado de escucharla como un simple éxito radial; ahora la escucho como lo que es: una invitación a perdernos en la niebla del juego, sabiendo que, al final del ritmo, siempre habrá un espacio privado donde la música, por fin, se guarda silencio para dejar paso a la piel.
Es verdad que este fue un éxito hace dos años, pero aún puedes escucharla clandestinamente. Aquí te la dejamos para que nadie te vea buscándola:
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