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Olga Tokarczuk y la renuncia a la literatura

  • Categoría de la entrada:libros
  • Tiempo de lectura:6 minutos de lectura

Tryno Maldonado

Olga Tokarczuk anunció que dejará de escribir novelas. Pero, durante algunos días, buena parte de la conversación literaria internacional giró alrededor de una noticia también inquietante: la escritora, galardonada con el Premio Nobel de Literatura y autora de algunas de las novelas más ambiciosas de nuestro tiempo, estaba escribiendo con inteligencia artificial. La noticia era falsa o, al menos, profundamente imprecisa. La escritora polaca aclaró después que utilizaba estas herramientas para investigar, contrastar información o explorar ideas preliminares, pero que su próxima y última novela no había sido escrita por una máquina.

Sin embargo, la parte más interesante de la historia no era la inteligencia artificial. Tampoco Tokarczuk ni su renuncia a la novela. Lo verdaderamente interesante era la facilidad con que una discusión sobre literatura terminó convirtiéndose en una discusión sobre tecnología. Como si ya nos resultara más sencillo debatir herramientas que obras. Como si la sospecha sobre una máquina despertara más interés que una novela de más de mil páginas como la magistral Los libros de Jacob.

Entre las declaraciones que quedaron sepultadas por el ruido aparecía una observación mucho más inquietante: la dificultad creciente para sostener las condiciones materiales que exige una novela extensa. Años de investigación. Años de escritura. Años de incertidumbre estética, personal y económica. Durante siglos una novela podía demandarle años a un escritor y semanas o meses a un lector sin que nadie considerara aquello una excentricidad. Aunque ciertamente esa herramienta europea, romántica y patriarcal ya comienza a causar sospechas. Hoy basta observar alrededor para advertir que vivimos en una época que parece haber declarado su animadversión a toda actividad que requiera duración, compromiso.

¿Qué ocurre cuando los intelectuales dejan de ocupar el centro de la producción de sentido? Durante mucho tiempo los libros no fueron el único mecanismo de legitimación, pero sí ocuparon una posición más central dentro de él. La crítica, las universidades, los suplementos culturales, los premios y las editoriales giraban alrededor de las obras. Hoy no está claro que siga ocurriendo lo mismo. La conversación literaria parece haber adquirido una vida propia fuera de las obras. Por ejemplo, en las universidades y reseñas se leen los resúmenes de Inteligencia Artificial de Los libros de Jacob. Pero casi nunca la novela. La novela larga fue una de las grandes tecnologías de la paciencia y de conocimiento. No porque enseñara virtudes morales, sino porque obligaba a habitar una temporalidad y sensibilidades distintas. Aunque es cierto que, como modelo estético, encarnaba hasta hace poco la paradoja de ser un vehículo colonial. Todo aquello que la volvía excesiva —como Moby Dick, Cien años de soledad o El Quijote— era precisamente lo que le permitía construir una experiencia del mundo imposible de condensar en un resumen de IA, en una serie de Netflix o en el libro o canal de un influencer. La gran novela enseñaba a leer el mundo que representaba desde la sensibilidad y la inteligencia. Demandaba compromiso.

Hoy la situación es distinta. Nunca hubo tantas formas de información disponibles. No obstante, pocas veces habíamos dispuesto de tan poco tiempo para procesarla. Nunca fue tan fácil acceder a bibliotecas enteras desde un teléfono y, a la vez, tan difícil sostener la atención sobre una sola cosa durante horas seguidas. La paradoja no afecta únicamente a los lectores; también alcanza a quienes escribimos.

Lo interesante en el caso Tokarczuk no es que sea una escritora utilizando una herramienta nueva. Es que estamos hablando de alguien que ocupa una de las posiciones más altas de reconocimiento simbólico que existen en la literatura contemporánea. Y, sin embargo, incluso desde ahí aparece la sensación de que algo se ha vuelto más difícil. De que algo se ha roto. Y eso sí debería llamar la atención.

Nunca hubo tantos festivales literarios. Nunca tantas becas, ferias, encuentros internacionales, mesas, conversatorios, listas, premios millonarios y mecanismos para producir reconocimiento. El problema aparece cuando uno comienza a preguntarse qué es exactamente lo que esas instituciones están produciendo. Porque el prestigio y la literatura no son la misma cosa. Tampoco la visibilidad. Hay otros capitales en juego que han cobrado centralidad en lo que antes conocíamos como la creación de una obra.

La lógica no es exclusiva de la literatura. Forma parte de una transformación capitalista más amplia en la que la representación e incluso la suplantación comienzan a sustituir lentamente a la experiencia. Conocemos la conversación alrededor de los libros antes que los libros. Conocemos casi siempre la polémica antes que experimentar la lectura. Conocemos la imagen pública, los premios, el abolengo, la vida en las metrópolis y las opiniones de los autores mucho antes que sus páginas escritas.

Quizá por eso la discusión sobre Tokarczuk terminó girando en torno a la inteligencia artificial y nunca alrededor de Los libros de Jacob. Nos resulta más fácil discutir una herramienta que una novela de más de mil páginas escrita por un ser humano. El problema no es la existencia o falta de lectores ni de libros. El problema es qué formas de atención, memoria y experiencia humana siguen siendo posibles a través de la lectura.

Porque una cultura capitalista es capaz de producir prestigio sin lectores. También puede producir lectores, ventas y reconocimiento sin producir obras memorables. Lo verdaderamente raro es otra cosa: producir libros capaces de modificar la imaginación de una época. Eso sí escasea. Tal vez algún día descubramos que la verdadera crisis de la literatura no comenzó cuando las máquinas aprendieron a escribir frases. Comenzó cuando una economía organizada alrededor de la velocidad, la visibilidad y el rendimiento volvió cada vez más difícil el tiempo que ciertas obras exigen.

Este artículo fue publicado por primera vez en el diario El Sur.

 

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